Hemos remodelado el lobby de nuestra congregación, y ha llamado mi atención, la diferencia que existe entre la alfombra que teníamos y la nueva (aunque ambas son iguales).
A pesar de la inversión de tiempo y recursos en mantener la higiene y confort de nuestro edificio, esto siempre sucederá, por una razón, que te comparto a continuación.
En muchas iglesias, la alfombra de la entrada o del santuario es una de las primeras cosas que los visitantes y miembros ven al entrar.
A simple vista, una alfombra sucia podría parecer solo un descuido en el mantenimiento o una falta de atención a los detalles. Sin embargo, si miramos más allá́ de la apariencia, podríamos encontrar en esa alfombra una poderosa señal de algo positivo:
¡Personas que se están moviendo, una iglesia que está viva!
Una alfombra sucia es testigo de movimiento.
Cada mancha, cada partícula de polvo, cada pisada marcada en la alfombra representa una historia. Son los rastros de aquellos que han entrado con sus cargas, buscando alivio en la presencia de Dios.
Son los niños corriendo después de su iglesia de niños (o la escuela dominical), los jóvenes que entran y salen entusiasmados, los hermanos que se arrodillan para orar, los nuevos creyentes que vienen con corazones hambrientos.
Si la alfombra de tu iglesia está impecable y sin huellas, podría significar que pocas personas han pasado por allí́.
Pero si está marcada por el uso, nos habla de un lugar donde la comunidad se reúne, donde los pies no dejan de moverse porque hay un pueblo activo, que busca a Dios, que sirve y que crece.
¿Limpieza o comodidad?
Esto no significa que debamos descuidar la limpieza de nuestros templos. La casa de Dios merece ser cuidada con excelencia. Sin embargo, hay un peligro en obsesionarnos con el orden al punto de olvidar lo más importante: LAS PERSONAS.
Jesús no vino por edificios perfectos, sino por corazones dispuestos.
En Mateo 9:12, Él dijo:
“Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” Si nuestra iglesia está siempre impecable pero vacía, quizás estamos más preocupados por la apariencia que por el propósito.
La próxima vez que veas una alfombra sucia en tu iglesia, en lugar de molestarte, detente a pensar: ¿Cuántas vidas han pasado por aquí́? ¿Cuántos han encontrado esperanza, restauración y propósito en este lugar?
Si una iglesia tiene movimiento, tiene vida. Y si tiene vida, entonces hay obra de Dios en ella.
Así́ que, en lugar de quejarnos por una alfombra sucia, demos gracias por lo que representa: una iglesia en acción, una iglesia con propósito, una iglesia en crecimiento.
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